sabato 7 febbraio 2009

Cronaca di una resistenza: Leleque. - Il prossimo 14 feb sono due anni dal recupero del fondo.






di Adrian Moyano - Azkintuwe

Il prossimo 14 febbraio si compiono due anni dal recupero mapuche del fondo Santa Rosa di Leleque - Puelmapu. In occasione di questo anniversario pubblichiamo la cronaca del giornalista Adrian Moyano, corrispondente della rivista Azkintuwe a Bariloche, estratta dal libro "Crónicas de la Resistencia Mapuche". Tutta la dignità della lotta di Atilio Curiñanco e Rosa Rua Nahuelquir contro la multinazionale Benetton.
vedi anche il comunicato
"La lluvia es la mejor arma de los mapuche”, vociferó Mauro Millán. Pareció que exageraba. Un auténtico diluvio nos castigaba feo, a unos pasos de la estancia Leleque (Chubut). A metros de la precaria ramada que los peñi habían levantado, se alzaba el cartel que invita a visitar el Museo de los Benetton. “13.000 años de historia”, dice. Cuanta hipocresía... En su interior, no existe ninguna referencia explícita al pueblo mapuche. En sus vitrinas descansan kultrün que son sagrados, hachas toki de importancia similar y otras manifestaciones materiales de la cultura mapuche. Pero los guiones que sobre todo tienen como destinatarios a turistas poco informados, sólo hablan de indígenas y en todo caso, de tehuelches. Al igual que para los científicos del siglo XIX, para la trasnacional italiana los mapuche “no son humanos, no son personas, no están siquiera allí en realidad”. Si admitiera su presencia, debería explicar un proceder que no coincide con la imagen corporativa que sus agencias de publicidad le construyeron: el respeto a las diferencias, la tolerancia racial, la piedad...
La gente seguía llegando y la perspectiva no era sencilla. Se pernoctaría debajo del toldo y al amanecer, renovaríamos el compromiso con los newen del lugar. En ese momento no podíamos saberlo, pero se inauguraba un conflicto que todavía no se resuelve, un diferendo que enfrenta a una de las empresas más poderosas del planeta con un puñado de mapuche. Una pelea que los mapuche llevaron a la mismísima Italia, ante la sorpresa de la corporación trevisana. “Mi abuela contaba que le contaba mi bisabuela, que cuando nuestro pueblo ya había abandonado toda posibilidad de resistir al Ejército, procuraba poner distancia nomás y escaparse lo más lejos posible. Entonces, nuestros mayores hacían ngillatün para que lloviera y lloviera, así los cañones se empantanaban y no podían avanzar y las mulas se retrasaban. Quizás ahora también, si el tiempo estaba mejor, capaz que se llenaba de milicos”, remató el werken.
Entonces quedó en evidencia la condición de aliado del descomunal aguacero. Milicos había pero unos pocos, se movilizaban a bordo de una impecable camioneta doble tracción que no lucía identificación alguna. Según los vecinos del lugar, la camioneta era de los Benetton y habitualmente la utilizaba el administrador de la estancia. Pero durante esos días sirvió para movilizar a la tropa, que sin embargo no nos molestó demasiado. Por lo menos en esa oportunidad, los efectivos fueron menos implacables que 120 años antes. Los más ancianos todavía recuerdan relatos que escucharon de sus mayores, como el que Millán había compartido para valorar a la lluvia. Cuando no quedaba otra que la retirada desordenada y las familias ya estaban desmembradas, la mayoría de ellas sin hombres, las pillankuze solían entonar el tayül del puma, para que el newen del felino ayudara en la huída y con los despojos de su caza, pudieran alimentarse los fugitivos.
Entonces no lo sabíamos pero esa misma tormenta provocaba desmoronamientos sobre las rutas de la región y también la evacuación de cientos de habitantes de El Bolsón (Río Negro). El trawün se había convocado allí, 200 kilómetros al sur de Bariloche para recordar el Último Día de Libertad de América. Eran las últimas horas del 11 de octubre de 2002 y comenzaba el “escrache” a la empresa italiana, que había promovido diez días antes el desalojo de una familia mapuche. Los Curiñanco Nahuelquir se habían establecido en el campo Santa Rosa un mes y medio atrás, luego de consultar en la Delegación Esquel del Instituto Autárquico de Colonización. Allí les habían dicho que el predio era fiscal.
Atilio Curiñanco nació en Leleque, correteó de pibe por esos campos, creció y cazó en ellos. Al igual que muchos, muchísimos mapuche, que cabalgaron por allí cuando todavía ninguna bandera argentina había pasado ni siquiera cerca. El grupo de tehuelches con el que viajó de sur a norte el inglés Musters entre 1869 y 1870, se había encontrado con los primeros mapuche en las inmediaciones del actual emplazamiento de Esquel. Desde ese punto, las parcialidades de ambos pueblos marcharon juntas en dirección a la ruka de Saywkeke. Sobre sus actividades del 12 de febrero de 1870, anotó el marino: “Sucedió que, como durante esa jornada nos encontramos con los araucanos en la misma parte del círculo (de caza), cocinamos juntos nuestras comidas y volvimos juntos a los toldos. Por el camino, el hijo mayor de Quintuhual, con quien siempre había mantenido yo buenas relaciones, dijo que deseaba reconocerme como hermano suyo. En consecuencia, nos dimos la mano y cabalgando juntos declaramos formalmente que éramos como hermanos y que siempre recordaríamos los deberes de nuestro parentesco y nos ayudaríamos mutuamente, en caso necesario, en cualquier parte del mundo en que estuviésemos” [1].
Según estableció el geógrafo Rey Balmaceda, esos momentos de convivencia entre los mapuche del lonko Kintuwal y los tehuelches de Casimiro, se desarrollaron en el mismo sitio donde más tarde se emplazó el caserío de Leleque. Unas páginas antes, el europeo había descrito a su futuro hermano: “ese indio era de estatura mediana, estaba vestido con ponchos de color y tenía un pañuelo de seda alrededor de la cabeza. Sus facciones eran regulares, sus ojos negros, chispeantes e infatigables, y su tez la misma, poco más o menos, de los gauchos del Río de la Plata. Usaba el pelo cortado, y su figura aseada hacía marcado contraste con las guedejas sueltas y los cuerpos pintarrajeados de los tehuelches”. Más allá de los prejuicios estéticos de Musters, quedémonos con una certeza: el hijo de Kintuwal era mapuche, como su padre. Los tehuelches habían dado con él donde el arroyo Caquel se junta con el Tecka. Según le había relatado el tehuelche Orkeke a su amigo británico, allí comenzaba “el país de los araucanos”. Resulta insólito entonces, que todavía se siga afirmando que recién hubo mapuche al sur del río Limay en forma posterior a la Conquista del Desierto.
Luego de encontrarse con el werken, la columna tehuelche continuó en dirección al oeste para luego torcer hacia el norte. “Entramos en un llano a nivel, en cuyo extremo opuesto notamos con gran contento las humaredas de respuesta de los toldos araucanos”, anotó el viajero. La descripción es notable porque una de las corrientes que se interesó en construir la historia de la región se encargó de imponer una idea errónea: que los pueblos mapuche y tehuelche fueron enemigos a muerte y que los mapuche se erigieron en usurpadores de sus vecinos de más al sur. Parece muy curioso entonces, no sólo que los tehuelches que Musters acompañaba marcharan hacia al norte a su encuentro, sino también que experimentaran “gran contento” al percibir sus humaredas. Es verdad que las relaciones entre las parcialidades de ambos pueblos no siempre fueron armoniosas pero como contrapartida, tampoco se caracterizaron indefinidamente por la presencia de enfrentamientos bélicos.
Luego de mudar de caballo y de ataviarse según las reglas del protocolo, los que venían del sur se aproximaron bastante a las ruka de los mapuche. “Con gran sorpresa notamos que nadie salía a recibirnos; al fin llegó una mujer con la noticia de que todos los hombres habían ido a cazar, pero se les había mandado buscar y llegarían en breve”, anotó el inglés. El encuentro no se demoraría, porque “al cabo de una media hora aparecieron los araucanos, galopando como demonios. Como sus mujeres les habían traído ya caballos frescos, estuvieron montados en menos tiempo del que se necesita para escribirlo; y, formados en línea excelente, lanza en mano, se quedaron esperándonos para llevar a efecto la ceremonia de bienvenida. En unos cinco minutos se formaron nuestras filas, y se realizaron entonces el galope, la algazara y los ceremoniosos saludos de costumbre. Me llamó especialmente la atención el porte audaz y honesto de los jóvenes de esa partida, que, vestidos con ponchos de vivos colores, calzones de lienzo limpio y sacos de franela blanca, tenían un aspecto muy civilizado. No eran más que 27 en total, y entre ellos descollaban cuatro hermanos, particularmente guapos, robustos, de tez colorada, que a la distancia, como no podía distinguirse el color de sus ojos, parecían casi europeos; observación que hecha a El Zurdo [2], que era mi brazo derecho durante la función, tuvo esta respuesta en voz baja: ‘Muy diablos estos indios; tal vez haya pelea’. Que se le ocurriera al hombre esa idea cuando el número de los nuestros (los tehuelches) era, por lo menos, el décuplo del de ellos, es algo que habla elocuentemente a favor de la reputación de bravura de los araucanos. Sin embargo, todo pasó tranquilamente, y se resolvió que al otro día habría consejo”.
Estos sucesos tuvieron lugar en inmediaciones del actual emplazamiento del aeropuerto de Esquel. Alrededor de la estación aérea, hoy todo es de la compañía de los Benetton.
Atilio Curiñanco creció en esos campos, que durante mucho tiempo fueron escenario del intercambio entre pu mapuche y tehuelches. Luego soñó con trabajarlos, porque siempre estuvieron vacíos de propiedades privadas. Pero la corporación trasnacional consideró la presencia mapuche una amenaza e inició una causa por usurpación. Por irónica que resulte, es una circunstancia habitual en las provincias de Río Negro, Chubut y Neuquén. Son los últimos en llegar quienes acostumbran a demandar por usurpadores a los mapuche, integrantes de un pueblo originario, es decir, anterior a la existencia tanto de la Argentina como de Chile. O sea, preexistente.
Rápida para esos mandados, la Justicia de Chubut ordenó el desalojo, que se había perpetrado 15 días antes de la movilización que la lluvia castigaba, a través de 12 efectivos que contaron con el apoyo de perros y gente de civil. Los uniformados aprovecharon que los hombres de la familia trabajaban en el campo para cumplir la diligencia. No sólo consumaron la disposición del juez, además derribaron la vivienda que los Curiñanco Nahuelquir habían levantado, destrozaron los sembradíos que habían alcanzado a trabajar y dispersaron las aves de corral. Era un auténtico drama. Rosa Nahuelquir había trabajado toda su vida como obrera textil en Esquel. Cuando la fábrica cerró –como tantas otras durante los 90- gastó hasta el último centavo de la magra indemnización en los implementos que necesitaría su familia para desarrollar el microemprendimiento con el que soñaba. Prácticamente en un abrir y cerrar de ojos, esos planes se redujeron a añicos porque eran muchos los interesados en que ese ejemplo no se propagara. Mapuches escapándose de la pobreza de las ciudades y recuperando tierras en el campo... Desde los punteros políticos hasta los funcionarios y los directivos de la Sociedad Rural comprendieron que sus respectivos negocios peligraban si la decisión que habían adoptado Atilio y Rosa alcanzaba el éxito. Por eso y rápidamente, se consumó el desalojo. Derrotados pero no vencidos, los Curiñanco Nahuelquir se acercaron a la Organización Mapuche Tehuelche “11 de Octubre”. Desde ese momento, el problema dejó de ser un asunto entre particulares para convertirse en un conflicto que involucra a todo el pueblo mapuche por un lado y al Estado opresor por el otro.
A raíz del despojo que sufrió junto a su familia, Rosa se tuvo que reencontrar a pasos acelerados con su identidad, a la que hasta entonces había soslayado. Lleva un apellido que tiene mucha importancia para los mapuche que como consecuencia de la relocalización forzosa, habitan en el territorio que quedó bajo la jurisdicción provincial de Chubut. La historia de Cushamen y la de los Nawelkir es prácticamente la misma. Entre los mayores que viven en esa zona, se considera a Miguel Ñancuche Nahuelquir como “cacique fundador” de la Colonia Cushamen [3], el sitio que cobijó a una veintena de familias mapuche cuando la derrota a manos de los ejércitos argentino y chileno, ya se había consumado.
Según los relatos de los abuelos, Ñancuche Nahuelquir era “manzanero de la cordillera”, es decir, “araucano” en aquella terminología del siglo XIX, que también se utilizó durante buena parte del XX. Pewenche quizá, oriundo de la Manzana Mapu, de la zona de Junín de los Andes o de “allá por el norte”. Esa es la “tierra de los antiguos” para la mayoría de la gente de Cushamen. Pero también decían los futrakecheyen que el chao (padre) de Miguel, Fernando Nahuelquir, era de Trankura Mapu, cerca del volcán Villarrica. En rigor, no hay contradicción entre esos testimonios. El espacio territorial de los mapuche pewenche no se dividía por la cordillera, como quieren los discursos que construyeron las respectivas naciones, en Chile y la Argentina. Tanto Trankura como la Manzana Mapu y la zona donde se erigió el fuerte de Junín de los Andes, formaban parte del espacio territorial pewenche que años antes de la Campaña al Desierto, tenía como principales referentes a Sayweke, Rewkekura y Purran, de sur a norte. También cobró relevancia a la hora de la postrer resistencia Juan Ñancucheo, auténtica pesadilla para las tropas que operaron sobre la cordillera a partir de 1880. No hay acuerdo entre los investigadores, a la hora de vincular en forma sanguínea a este lonko con Miguel Ñancuche Nahuelquir pero Delrío insinúa que por lo menos, hay que pensar en un parentesco ritual.
Los momentos que siguieron a las rendiciones no fueron fáciles. Las 24 familias que reconocieron como autoridad al “cacique fundador” afrontaron una peregrinación plena de sufrimientos. Desde Chichinales (Río Negro), se dirigieron a Comallo, donde permanecieron por espacio de una década. Más tarde, después de una entrevista con el mismísimo Roca durante su segunda gestión presidencial, se les asignó como domicilio Cushamen.
En la memoria de la mayoría de las comunidades mapuche que en la actualidad habitan en las provincias de Río Negro, Chubut e inclusive en algunas de Neuquén, están frescas las vicisitudes que tuvieron que afrontar luego del “gran malón blanco”. Fueron años de idas y venidas, de gran incertidumbre y de una pobreza tan inédita como desesperante. Sobre fines del siglo XIX, la prioridad de los estados usurpadores consistió en entregar los territorios recientemente anexados a las oligarquías locales y a los capitales extranjeros. En ese marco, las mejores tierras, las de pasturas abundantes y próximas a cursos de agua, se fueron enajenando. Las nuevas agrupaciones mapuche se situaban en determinado paraje para inmediatamente, sufrir otro desplazamiento. Es llamativa la coincidencia que se registra a comienzos del siglo XXI, cuando el Estado argentino también se preocupa sobre todo por brindarle “seguridad jurídica” a corporaciones como Benetton, cuando los mayores de Rosa Nahuelquir viven en Cushamen hace por lo menos un siglo.
Sin embargo, no hay que suponer que esos parajes fueran extraños para las parcialidades mapuche hasta la llegada de los Nawelkir y demás familias. La misma columna que hacia febrero de 1870 se conformaba con la gente de Kintuwal y los tehuelches de Casimiro, se aprestaba a encontrarse con las comunidades que tenían como lonko a Foyel, en su marcha hacia el norte. Como sabemos, con ellos viajaba el inglés Musters: “El 18 de febrero se vio humo al norte, no muy lejos, y al caer la tarde llegó un chasque trayendo consigo un par de botellas de aguardiente para Quintuhual, así como la noticia de que las cosas marchaban bien en el campamento de Foyel”. Tres días más tarde, los viajeros resolvieron “mandar mensajeros desde ese lugar, al que se denominó Cushamon, para prevenir de nuestra aproximación a Foyel y también a Cheoeque, el cacique de Las Manzanas”. En su reconstrucción de tan dilatado itinerario, el geógrafo Rey Balmaceda situó a ese punto de la travesía “en la Colonia Cushamen, departamento del Chubut, a orillas del arroyo Cushamen”. Puede aventurarse entonces, que Ñancuche Nahuelquir no sólo eligió Cushamen para instalarse allí porque había buenos pastos y abundante caza. La gente de Kintuwal se dirigía a la Manzana Mapu para formar parte del trawün que deliberaría en la ruka de Sayweke. Es posible pensar que entre las 24 familias que llegaron a poblar Cushamen, existiera un conocimiento previo sobre las condiciones favorables del lugar.
Cabe recordar que ya 30 años antes de la instalación en el paraje, los tehuelches le habían dicho a Musters que del Tecka para arriba, comenzaba “el país de los araucanos”. Es más, se desarrolló en ese sitio una ceremonia que el inglés, presa de su eurocentrismo, no supo valorar. “A la mañana siguiente, una vez que se hubo leído y explicado la carta a los caciques reunidos, los dos mensajeros, que eran hijos de caciques, se presentaron con dos caballos cada uno; y después que se les hubo dado algunas órdenes verbales, emprendieron su viaje entre los aullidos de unas cuantas viejas y un toque de corneta. El resto de la partida, que había montado para que el acto fuera más pomposo y ceremonioso, salió a cazar”. Obviamente, para el marino el hecho más destacable fue la misiva que él había escrito por solicitud de Casimiro. Pueden evocarse no obstante, los tayül (cantos sagrados) que entonaron las kuze para convocar a los newen de los respectivos werken, que se aprestaban a cumplir una misión de importancia. De ahí el respaldo de los resto de sus peñi, que no montaron por cuestiones de pompa, sino para alentar a los jinetes que partían hacia la ruka de Foyel. Sí, Cushamen ya era territorio mapuche cuando nada hacía prever el desastre que se desencadenaría apenas una década más tarde. Pero claro, para gente como Benetton “los vasallos no son humanos, no son personas, no están siquiera allí en realidad”.
En octubre de 2002 llovía en Leleque, la tormenta no daba tregua. Pero estaba el lonko Agustín Sánchez. Estaba la pillankuze Carmen Calfupan también. Éramos unos 70. De Vuelta del Río, de Füta Huao, de Leleque, de El Bolsón, Esquel y Bariloche. El frío y la humedad de la noche se soportaron en los fogones, entre charlas interminables, toques de kultrün y quejidos de ñorkin. La noche también fue aliada, como en tantas ocasiones antaño, cuando la oscuridad ocultaba la polvareda que levantaba el galope de los weichafe o bien, las despaciosas marchas después de la derrota. No paró de llover en ningún momento y algunas de las carpas quedaron entrampadas en charcos. Pero estábamos ahí para “escrachar” a los verdaderos usurpadores, para juntarnos y ayudarnos, para seguir construyendo la sociedad más justa que sueñan hace tiempo mapuche y también algunos no mapuches.
A la mañana tuvo lugar un pequeño conciliábulo. El cansancio no jugaba a favor, la ropa mojada y el viento provocaban comprensible mal humor. La idea original era “mudarnos” 10 kilómetros más al sur, donde se sitúa el campo en conflicto. Pero tanta adversidad climática sembró dudas y se propuso hacer el ngellipün ahí mismo, para no pedir más sacrificios, sobre todo a los mayores. Varios hicieron uso de la palabra sin que se alcanzara el acuerdo hasta que Segunda Huenchunao, de Vuelta del Río, zanjó el asunto. La lamgen no es precisamente una piba pero dijo que estábamos ahí para lograr la restitución del campo usurpado y que había que hacer la ceremonia allá, en el lugar de los Curiñanco. No hubo voces en desacuerdo y entonces, nos desplazamos los 70 en varios viajes de los pocos autos que había.
Cuando llegamos a Santa Rosa, los policías que custodiaban el lugar se mostraron inquietos. José –hijo de Atilio y Rosa- los saludó con un multicultural “fuck you”. Nótese cuanto celo. No sólo el Poder Judicial había ordenado un desalojo a todas luces injusto y con celeridad desusada, además había dispuesto que el predio quedara bajo la vigilancia de servidores públicos. Desde entonces, la Policía de Chubut funciona como guardia privada de la Compañía de Tierras del Sud Argentino. De hecho, la estación de servicio que por entonces funcionaba del otro lado de la ruta, fue adquirida por los Benetton para emplazar allí una comisaría. En la soledad de esos parajes, la dependencia no puede tener otra función que cuidar los intereses de la trasnacional, que asfixia con sus alambrados a varias comunidades mapuche.
A la vera de la cinta asfáltica quisimos levantar otra ramada y encendimos el fuego. Los caños que teníamos para usar de postes estaban helados y su manipulación se tornaba una tortura. Las manos enrojecidas respondían a duras penas pero Enrique Ranquehue hizo las veces de capataz y en relativamente poco tiempo, terminamos de erigir el nuevo refugio. Esperamos a que llegara la pillankuze Carmen. Casi centenaria, la abuela y otros mayores habían pasado la noche en la ruka de un peñi que vivía más lejos. La mítica ruta 40 se cortaría en dos puntos para permitir el desarrollo correcto y seguro de la ceremonia. A los viajeros se les explicaría que el corte se hacía porque la Policía no nos permitía hacer el ngellipün en el campo que habían recuperado nuestros hermanos.
Como quien no quiere la cosa, los encargados de los piquetes fueron caminando despacito hacia cada extremo bajo la mirada desconcertada de los uniformados. Además de efectivos chubutenses, había gendarmes ya. Cuando frente a la ramada el rewe quedó levantado, se efectivizaron los cortes. La escena era conmovedora. Ante nosotros se desplegaba en toda su inmensidad la meseta de la Patagonia, territorio mapuche que primero pisoteó la Argentina para luego, entregar generosas leguas a una compañía inglesa. Ya había clareado y desde la banquina que ocupábamos, observaba el gris plomizo de las nubes con una mezcla de recogimiento y enojo. Mirábamos hacia el este, entre los sauces y los álamos se alcanzaban a distinguir los techos rojos de la estancia. El viento hacía doler los oídos. Era evidente que los ancestros estaban allí, entre nosotros, cuando el lonko y la pillankuze dieron comienzo a la ceremonia, al “dar y recibir” que define al ngillanmawün, la manera mapuche de entender la espiritualidad. También en esa dimensión es la reciprocidad el principio que regula las relaciones entre los mapuche y los diversos newen.
Era tan obvio que éramos parte de ese rincón del Wallmapu, tan intenso el fundamento de esa insólita presencia, que nadie osó molestarnos. Nosotros, un minúsculo grupo que se perdía en la amplitud exagerada de esos campos, nos pusimos de nuevo a disposición de las otras fuerzas de la naturaleza para recobrar el equilibrio que día tras días, el winka se esfuerza en alterar. No, no siempre se pide por agua en las rogativas o en los kamaruko, como supuso tanto estudioso miope. En la ceremonia que los puelche llaman ngellipün, nadie le ruega nada al Ngenechen [5] que en forma tan presta, idearon los primeros sacerdotes que anduvieron por aquí. Estábamos en Leleque para sostener la relación de compromiso que existe entre los che y los newen del universo al que pertenecemos. Volvíamos a asumir la función particular que nos toca cumplir como una de las fuerzas del Wallmapu. No podíamos dejar una tarea tan importante en manos de gente como Benetton.
Sólo los insensibles podían no emocionarse ante la tarea de Carmen, diminuta, de paso vacilante en el barro y de mirada llorosa, como tantos ancianos del campo. La pillankuze condujo la ceremonia con voz dulce y firme, resaltó los aspectos centrales, puso en segundo plano las formalidades no tan importantes y nos guió a todos, sin que la lluvia la molestara demasiado. Mientras las kalfümalen distribuían el muday o la yerba, yo miraba de reojo hacia los piquetes. En el que cortaba la ruta para los vehículos que venían desde Esquel, un conductor de los que nunca faltan amagó a sobrepasar el ramerío por la derecha pero los propios gendarmes se encargaron de contenerlo. Además, había llegado la televisión para registrar algunas imágenes. Parte de esas tomas al año siguiente recorrerían parte de Europa, inclusive Treviso. Pero por entonces, los reporteros del canal esquelino pensaban que simplemente estaban cubriendo la noticia del día.
Cuando el ngellipün terminó volvimos a la ramada y los peñi de los piquetes levantaron el corte, que después de todo sólo se había prolongado por un par de horas. Para nuestra sorpresa, cuando los vehículos que se habían demorada pasaron frente al grupo, sus ocupantes saludaron con bocinazos, manos en alto y gestos sonrientes. No todos, claro. Respondimos con los correspondientes marichiwew y otros afafan. Con agua hasta en el alma, como todos, Millán comenzó a sugerir la preparación del almuerzo.
Nos apiñábamos debajo del precario refugio y compartíamos algunos mates cuando se apersonaron unos uniformados de color verde. Uno de ellos preguntó quién estaba a cargo o quién era el responsable. Antes que nadie ensayara cualquier respuesta más o menos ambigua para ganar tiempo, el lonko Agustín respondió con prontitud y autoridad: “Yo soy el responsable”. Fue su única expresión en winkazugun. Al resto de las inquietudes las contestó en mapuzugun ante el desconcierto de su interlocutor. Pocas veces quedó simbolizada con tanta contundencia la diferencia entre una cultura que se mueve en torno al interés y la coerción y otra que está preocupada por la vigencia de otros valores. Salvo Atilio, Rosa y sus hijos, ninguno de los que estábamos ahí perdíamos o ganábamos nada desde la perspectiva material, quedara Santa Rosa en poder de Benetton o fuera restituido el predio. No creo que el gendarme pudiera captar el contraste, pero evidentemente algo percibió en la mirada de ese viejo que lo increpaba, la fuerza de su palabra alguna fibra tocó porque sin mayores trámites, optó por retirarse y llevarse consigo a su destacamento. Ni siquiera hubo causas judiciales por ese primer corte.
Esa escena se repetiría dos años más tarde, con ribetes casi surrealistas, a unos 1.800 kilómetros de Leleque. A través de las gestiones de un puñado de diputados que se había sensibilizado ante el avance de las compañías mineras en territorio mapuche, la “11 de Octubre” obtuvo un espacio en el Congreso de la Nación para poner de relieve la situación de conflicto que se vivía en varias comunidades. De la delegación formaron parte Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir, entre otros. El lonko Agustín Sánchez también viajó.
Durante las primeras horas de ese día (15 de julio de 2004), el grupo de mapuche que se había trasladado a Buenos Aires para contar en la gran ciudad qué era de su suerte, quiso comenzar las actividades de la misma manera que en sus territorios ancestrales. No sin esfuerzo, levantaron el rewe en una apretada superficie de tierra que pudieron encontrar en la Plaza de los Dos Congresos, uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Cuando advirtieron los preparativos, varios efectivos de la Policía Federal se aproximaron para repetir, palabras más palabras menos, aquella requisitoria del gendarme con destino en Chubut. En este caso, preguntaron los de azul si los mapuche tenían autorización... Tomó de nuevo la palabra el lonko de Füta Huao, ese hombre de talla más bien pequeña y vozarrón estridente. Se expresó en el idioma de sus mayores, en el mapuzugun que quizás ese cemento jamás había percibido. ¿Sabría el federal que dentro de la Argentina había gente que se comunicaba en lenguas distintas al castellano? El uniformado vio que ese viejo, de nuevo contagiaba determinación y que los suyos, no tenían la apariencia de los vacilantes. Se alejó y entonces, frente al Congreso, el pequeño contingente llevó a cabo su ngellipün. El tráfico vehicular ya era intenso en el centro porteño...
Por la tarde, en la voz del werken, el pueblo mapuche le recordó sus culpas históricas al Poder Legislativo de la República Argentina: Fue el Congreso como brazo legislativo del Estado quien el 4 de octubre de 1878 autorizó al Poder Ejecutivo, es decir al general Roca, a establecer “la línea de fronteras sobre la margen izquierda de los ríos Negro y Neuquén, previo sometimiento o desalojo de los indios bárbaros de la pampa”. Eran nuestros mayores aquellos bárbaros, nuestros ancestros mapuche, quienes estaban por sufrir en carne propia la mal llamada Conquista del Desierto.
La misma terminología que utilizó el entonces ministro de Guerra para convencer a los legisladores, deja en claro la magnitud de la usurpación que sufrió y sufre aún nuestro pueblo mapuche. En el anteúltimo de los párrafos de su discurso sostenía que creía "justo y conveniente destinar oportunamente a los primitivos poseedores del suelo, una parte de los territorios que quedarán dentro de la nueva línea de ocupación". El propio Roca, homenajeado por tantas estatuas, admitía en su mensaje que la Argentina se preparaba a conquistar un territorio que no le pertenecía, que tenía "primitivos poseedores". El futuro presidente de los argentinos le pedía a su Poder Legislativo que le otorgara las partidas presupuestarias necesarias para cumplir con la Ley 215, que ya había ordenado correr la frontera hasta el río Negro, en 1867. La idea no era nueva: cuando surgió este pensamiento, en el siglo pasado (por el XVIII), el desierto empezaba en el Fortín Areco, Mercedes y el Salado.
Una vez más el invasor ponía en evidencia la dimensión del crimen que se aprestaba a cometer. Si la Argentina había heredado las fronteras y posesiones del antiguo virreinato del Río de la Plata, éstas debían permanecer a unos 200 kilómetros de Buenos Aires. Pero en agosto de 1878 confesaba Roca ante los miembros del Congreso, que "la población civilizada se extiende por millares de leguas más allá de la línea de frontera que nos legó el virreinato, y la riqueza pública y privada que la Nación se halla en el deber de garantir, se ha centuplicado".
Fue el Congreso el que aprobó por ley y en forma consciente la usurpación de nuestro Wallmapu. En teoría, imperaba el estado de derecho en la Argentina que nos invadió, sin embargo sólo un diputado alzó su voz para señalar que se estaba violando la Constitución de 1853, la que ordenaba "conservar el trato pacífico con los indios". Esa cláusula constitucional -que desapareció después de la reforma de 1994- hacía expresa referencia a los tratados que nuestros lonko (autoridad ancestral mapuche) habían firmado con autoridades nacionales y provinciales de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la Confederación o la República, sucesivamente.
Al internarse las tropas del general Roca en nuestro territorio, varios de esos tratados estaban en vigencia, en particular los que habían firmado nuestros lonko Sayweke, Purrán, Pincén, Mariano Rosas y Baigorrita, entre otros. Sin embargo, a los que invadían en nombre de su civilización no les importó respetar los acuerdos que habían celebrado pocos meses atrás, los que establecían claramente por dónde pasaban las fronteras. El Poder Legislativo de la República no reparó en esos detalles, pero de los 20 artículos de fondo con que contó finalmente la Ley 947 -la que Roca quería- 15 se destinaron a establecer cómo se repartirían las tierras que las columnas del Ejército nos arrebataron. No está de más recordar que el propio ministro de Guerra se quedó con 15.000 hectáreas de la mejor calidad, en cercanías de Guaminí. Sin embargo, el Poder Legislativo no consideró necesario reaccionar cuando las columnas del Ejército cruzaron el río Neuquén para subyugar el territorio mapuche pewenche. No aceptamos la explicación de la “historia oficial” que excusa el atropello a partir de la insubordinación de un subalterno: Napoleón Uriburu.
Roca convalidó su violación a la ley y la hizo propia, ante la ausencia moral de diputados y senadores, cómplices con su silencio de la usurpación que también sufrieron nuestros mayores al sur de los ríos Neuquén, Negro y Limay. Es más, ya en la presidencia de la Nación, el perpetrador de la guerra que nos trajo el winka dispuso nuevas expediciones al Nahuel Huapi, a la cordillera de los Andes y al interior del actual territorio patagónico. Buscaba que ninguna de nuestras comunidades pudiera permanecer en libertad, que el sometimiento fuera total, que el genocidio se consumara. Para concretar los postreros ataques contra nuestro pueblo dejó la hipocresía de lado y ni siquiera se preocupó por guardar las formas: el Congreso se encontró frente a hechos consumados que no había previsto en leyes y debates. A nadie le importó demasiado que la Argentina cargara en su conciencia con crímenes que hoy serían considerados de lesa humanidad: fusilamientos sumarios, deportaciones masivas, desmembramiento de familias, prisión en condiciones infrahumanas, esclavitud y otros regalos notables que recibimos de la civilización. Sólo un pequeño sector de la prensa demostró cierta vergüenza ante el atropello, pero sus páginas fueron rápidamente olvidadas por quienes decidían qué sucesos de la historia debían relatarse y cuáles no [5].
Dijo muchas otras cosas el werken esa tarde, ante poco más de 200 personas, entre ellas, sólo cinco diputados. Explicó que el mapuzugun comunica a los mapuche cada verdad de su entorno, que transmite un mensaje profundo, filosófico, ideológico y espiritual. Que ese mismo lenguaje jamás acuñó una representación para el concepto de propiedad privada, “un blanqueo del dominador para justificar el despojo, la destrucción, la violencia y la muerte” [6]. Proclamó también que “hoy como ayer este Congreso sanciona leyes que tienen como objetivo allanar el camino de la destrucción, de la depredación y de la rapiña. Empresas mineras, multinacionales, forestales, grupos empresariales nacionales e internacionales como Benetton, se ven beneficiadas por el derroche filantrópico de este Congreso a estos sectores”.
Varias aseveraciones más precisó Millán al dar a conocer ese manifiesto, al que los hermanitos trevisanos tuvieron que soportar que se leyera inclusive en su patria chica. Horas antes, se había proyectado en la sala un documental que se detiene en varias de las alternativas del “conflicto con Benetton”. Sobre todo, en el segundo escrache, que tuvo lugar en febrero de 2003. En esa ocasión no llovió y gracias el verano, participó más gente. Pero también hubo más uniformados, algunos de ellos munidos de cámaras fotográficas. Después de esa movilización, la Justicia sí determinó algunas indagatorias. Ese trabajo se denomina “Marichiwew” y se mostró en varias oportunidades, luego de aquella primera proyección en la esquina porteña de Rivadavia y Riobamba. La cámara solidaria registró los instantes finales de aquel ngellipün, cuando el werken hacía referencia a un ancestro. “Un antepasado mapuche, un orientador de la resistencia, presagió frente a la muerte, el saqueo y la invasión que se venían, que por cada uno de nosotros que cayera, diez se levantarían. ¡Marichiwew!, decía ese peñi ¡Diez veces estamos vivos los mapuche!, era lo que decía... ¡Marichiwew!”.
Ese es el grito que acompaña cada ceremonia y cada movilización mapuche, desde hace 450 años. Ese antepasado, ese toki u “orientador de la resistencia”, era Leftraru o Lautraru. En winkazugun, Lautaro. El toki Leftraru, pesadilla de los españoles / AZ



NOTAS
[1] George Charles Musters, “Vida entre los patagones. Un año de excursiones por tierras no frecuentadas desde el estrecho de Magallanes hasta el río Negro”. Ediciones Solar. Buenos Aires. 1964.
[2] Un tehuelche a quien así llamaban en Santa Cruz.
[3] Walter Mario Delrio. “Memorias de expropiación. Sometimiento e incorporación indígena en la Patagonia (1872-1943)”. Universidad Nacional de Quilmes. 2005.
[4] Según pudieron establecer mapuche que realizan investigaciones lingüísticas sobre su propio idioma, el término Ngenechen es de formulación relativamente reciente. Es un vocablo mapuche que significa “dueño de la gente” o que “domina a la gente”. Los cristianos asimilan ese concepto a su noción de Dios. Sin embargo, en las ceremonias tradicionales de la espiritualidad mapuche jamás se invoca a Ngenechen salvo que la comunidad en cuestión evidencie una clara influencia católica o evangélica. Los mapuche de la actualidad sospechan que el término se acuñó a instancias de los misioneros de los siglos XVI y XVII ya que en la espiritualidad mapuche no existe la figura de alguien que “domine a la gente”. Algo similar sucede con Futa Chao o Gran Padre, otra noción que si se expresa así, es extraña a la cosmovisión mapuche.
[5] Proclama Mapuche–Tehuelche del 15 de julio de 2004 en Puelmapu (territorio mapuche), Chubut-Argentina.
[6] Ídem.